Un día en terapia estaba hablando de una estupidez y me terapeuta se quedó dormida. Así de insignificante habrá sido lo que le estaba contando que la jeva no pudo evitar dormirse. En ese momento me dije “¿qué coño estoy haciendo yo en terapia?” Y fue justo ahí donde me di cuenta. “Qué exagerada soy viniendo a terapia por esto”. Después de pronunciar esa frase, vi mi vida pasar ante mis ojos. Recordé momentos de mi vida pero ahora los vi bajo otra perspectiva. Por ejemplo, recordé cuando a los 4 años entré en una tienda y agarré un juguete cualquiera. Como cualquier niño se lo mostré a mi mamá y le dije “Mami, mira este juguete, comprámelo”. Cuando eres niño piensas que el dinero sale de unas maquinas que están pegadas en las paredes, piensas que no hay ningún tipo de límites. “Devuelvelo ardilla” me ordenó mi mamá. En ese momento me di cuenta que capaz iba a tener que vivir mi vida sin ese juguete y que capaz no sobreviviría sin él. “Mami, te lo ruego, por favor, comprame este juguete. Te prometo que será el último juguete que te pediré en mi vida, nunca he querido nada tanto como quiero este juguete ahora. Por favor.” Cualquier otro niño hubiese llorado, de repente armado una pataleta, pero yo no. Yo armaba todo un drama psicológico. Me moriré sin este juguete de plástico pensaba ya a los 4 años. (Mami, por favor deja un comentario en este blog diciendo que todo lo que estoy diciendo no es mentira.)
Mil imágenes como ésta se pasearon por mi mente. Tantas veces que exageré. Otro ejemplo, mi depresión. Cualquier otro adolescente con problemas se hubiese hecho un tatuaje, emborrachado en la calle, escuchado música emo. Pero no, a Ardi no le basta hacer las cosas como todos los demás. No señor, ardi tiene que armar toda una escena ridícula y poner la torta. Ardi exageró su depresión y terminó en un psiquiátrico. ¿No es ridículo? Muy ridículo. Me siento avergonzada. Como si hubiese pasado 26 años de mi vida con las tetas al aire sin darme cuenta y viniese de darme cuenta que todo el mundo me las vio.
Ahora que sé que soy una ridícula, ¿qué hago? Por un lado podría convertirme en alguien cuerdo y coherente, pero qué ladilla. El mundo necesita payasos y vamos a estar claros, yo me río de mis payasadas mucho más que ustedes. Pero también es cierto que mi ridiculez tiene su lado oscuro, como cuando publico la mamahuevada que publiqué respecto al Musiú. No es que la violencia doméstica no sea un tema importante a tratar, pero yo no soy quién para hablarles de ella. Yo puedo hablarles de depresión, esquizofrenia y ridiculez, pero no de maltrato. Fue una hija de putada exponer mi relación con él de esa manera, me arrepiento.
El show del madness continuará, pero les advierto, está basado en la exageración y la ridiculez. Si se me vuelve a salir un post emo como el último, lancénme tomates como lo hicieron Melasa y Sosa.
En este momento de mi vida estoy contenta. Hace algunos meses tomé la decisión de ver qué pasaba y estoy más que satisfecha con los resultados. Si no he escrito no es porque el Musiú me haya amezado tipo “si vuelves a escribir algo en tu puto blog te mato” mientras lanza una botella de licor al piso. Ese es el Musiú que describí en el último post, el verdadero me dice a cada momento: “deberías escribir sobre esto”. La verdad es que no he escrito nada por dos razones fundamentales. Primero, nadie quiere leer buenas noticias aquí. Estos últimos meses no he tenido sino buenas noticias. Segundo, sé que perdí la credibilidad de mis lectores. He tenido miedo de los tomates que me lanzarán después de este post, me los imagino dejando comentarios al estilo de “el coño de tu madre MAMAHUEVA!”. Dense duro, me lo merezco.
Para cambiar un poco el tema, les voy a contar algo. Resulta ser que hay un miembro nuevo en mi familia. Se llama “Tití”, es una bulldog inglés y estoy enamorada. No se pueden imaginar hasta qué punto estoy babeada por Tití. Estas navidades el Musiú y yo decidimos darnos un regalo en común, una cachorrita. Fuimos a un pueblito en el norte de Francia donde había una criadera de bulldogs. Ahí la vimos, chiquita, hermosa, tranquilita. La dejamos con su mamá-biológica hasta que pasaran las navidades y hace dos semanas la trajimos a la casa.
Exagerada como soy, desde que supe que tendría una cachorrita con el Musiú, me he leído tres libros sobre los bulldog inglés. Lo más importante que aprendí es que los bully son muy delicados. Son perros con la piel, estómago, respiración, huesos, oídos, ojos, todo, sensible (como yo). La semana pasada, cuando llegué a la casa después de una clase, vi a Tití rascándose la patica. La paré y cuando vi su piernita rosadita casi me dio un infarto. Si existiese algo como una ambulancia veterinaria, yo la hubiese llamado llorando pegando gritos “MI CACHORRA SE ESTÁ MURIENDO, VENGAN YA!”. Por supuesto, si Tití se estaba muriendo era por culpa mía. “Seguro la estoy matando con la comida que le estoy dando, de repente son los juguetes que le di que están envenenados, de repente es el aire que le está causando una reacción alérgica, o capaz es el sol que le está dando cáncer en la piel”. Inmediatamente llamé al Musiú y le dije “llama a la veterinaria, es urgente”. Él saltó un poco y me preguntó “¿Qué pasó?”. Le cuento lo que vi y me dice “ardi, es normal, los perros se rascan”. Yo le respondí, “pero no se rascan como se rasca ella, está rosada”. Me aseguró una vez más que era normal y yo, para que me parara bolas, mentí un poco y le dije “está roja casi sangrando”. Ahí llamó a la veterinaria.
La veterinaria nos dio cita para la noche. Yo pensé “qué irresponsable esta mujer, mi cachorra con la pata rosada, rascándose, y ella no me manda la ambulancia? ¡Maldita!” Pasaron las horas más largas de mi vida. Tití por su lado siguió mordiendo todo, haciendo pipí en el medio de la sala y durmiendo; como si nada. A las 6:30pm llegó por fin el momento de la verdad, el momento donde yo le mostraría al Musiú y a la veterinaria que Tití pudo haber muerto por culpa de su negligencia. Estaba convencida además que la veterinaria me pediría perdón diciéndome “Mademoiselle Bello, usted tuvo razón de traer a la pequeña, de haber sabido que Tití tenía esta enfermedad tan grave, le hubiese mandado la ambulancia veterinaria. Discúlpeme”.
La veterinaria empezó a examinar a Tití y me preguntó, “¿dónde es que Tití se estaba rascando?” Para mí era evidente, quería decirle “ahí donde tiene la piel en carne viva”, pero resultó ser que cuando me acerqué a Tití, ni yo misma encontraba su cáncer de piel. Pues sí señores, resulta ser que los perros se rascan. Además, como Tití es mitad blanca, su piel es rosadita en el fondo. Es rosadita en su barriguita, rosadita en sus paticas, y en su corazoncito de mamá.
Voy a montar un video de mí con Tití. Les advierto que les va a dar asco el nivel de cursilería. No se imaginan en lo que me he convertido. Prepárense además porque siento que este blog se va a convertir en ardi vs tití.





